SI ME VEN…
A mis amigos de ayer, de hoy… y a los que todavía tienen batería, les digo:
Si algún día me ven echado en una banca de la plaza de Imperial, no anden cuchicheando por lo bajo:
—Mira, allí está uno de los pájaros caídos…
¡Nada de eso, señores!
No estoy caído… estoy en «modo ahorro de energía», recargando las pilas para el próximo vuelo. Porque uno ya no despega como avioneta fumigadora de los algodonales, pero todavía puede planear con elegancia.
Si me encuentran sentado en el parque Ramos Larrea, no digan que me he vuelto jeque árabe. No soy petrolero, no tengo camellos ni oasis; apenas si manejo una modesta pensión de jubilado. Lo que pasa es que estoy meditando, viendo pasar la vida y esperando que alguna paloma indiscreta me traiga un recuerdo coqueto de aquellos tiempos en que uno silbaba y hasta las muchachas volteaban a mirar.
Si de pronto me quedo pensativo y olvido a qué vine, no se alarmen. Mi memoria también se jubiló y ahora trabaja medio tiempo. A veces llega puntual… y otras veces se queda dormida.
Si me ven jugando fútbol, no se sorprendan. Están contemplando una leyenda deportiva. Ya no corro como puntero derecho, pero todavía sé dónde está el arco… y, si no hago gol, al menos hago historia.
Si me observan subiendo un cerro, no se preocupen si resuello como locomotora antigua. Lo importante no es la velocidad, sino llegar. Y, si no llego a la cima, por lo menos me tomo la foto para que parezca que sí.
Si me ven trotando por la pista, no piensen que me quedé sin pasaje. Todavía tengo gasolina en el tanque, chispa en el motor y ciertas travesuras que, por decoro, no puedo detallar en público.
Si me ven conversando animadamente con alguna amiga, no anden sacando conclusiones apresuradas. A nuestra edad ya no se coquetea… se intercambian recuerdos, se comparan pastillas y, de vez en cuando, se ensaya una sonrisa con intenciones sospechosamente juveniles.
Y si me ven entrando al cementerio a visitar a los amigos que partieron primero, no me digan:
—¡No se quede mucho tiempo!
Porque, con tantos compadres allá, cualquiera se entretiene recordando anécdotas, contando chistes y poniéndose al día.
Pero, pensándolo bien… ¿por qué tendría yo que dar tantas explicaciones?
A estas alturas del partido, uno ya no pide permiso para reír, caminar, olvidar, enamorarse un poquito, hacer bromas o soñar despierto.
Uno simplemente vive.
Y vive mejor cuando tiene amigos.
Amigos atletas que siguen retando al cronómetro.
Amigos peloteros que aún se sienten titulares.
Amigos catadores de «agüitas espirituales», capaces de curar la tristeza con una sola ronda.
Amigos bromistas que no pierden el buen humor.
Amigos serios… que se ríen a escondidas.
Y también esos amigos que «saben a bilis», porque hasta ellos le ponen ají a la amistad.
Gracias, queridos amigos, porque con sus ocurrencias, sus bromas, sus consejos y sus historias mantienen joven mi mente, alegre mi corazón y travieso mi espíritu.
Porque los años podrán aflojar las rodillas, encanecer el cabello y obligarnos a leer con lentes; pero la amistad sincera tiene la maravillosa virtud de mantenernos muchachos… aunque ya no podamos negarlo frente al espejo.
¡Un abrazo enorme para todos ustedes!
Porque los años podrán arrugar la piel, pero la amistad sincera tiene el milagro de rejuvenecer el alma.
Y que nunca se nos acaben las ganas de reír, de recordar… y de seguir haciendo travesuras, aunque después tengamos que tomar una pastillita para recuperarnos.
Atte.: su amigo, Felipe HG.

